Tabaco

Encendió el cigarrillo frente al espejo, le dio una calada y se quedó mirándolo unos segundos. Imaginó las partículas de piridina, actuando sobre su sistema nervioso para dejarle indefenso frente a aquel cilindro de papel.

Volvió a aspirar un poco de humo y pensó en la nicotina, viajando hasta su cerebro para ordenarle que siguiera fumando.

Puso de nuevo el pitillo entre sus labios y, con un breve cierre de párpados, evocó unas gotas de alquitrán, impregnando silenciosamente sus pulmones.

Lo mismo hizo con los átomos de monóxido de carbono, ahogando su hemoglobina, o con los de nitrosamina, infiltrándose y enquistándose en sus tejidos.

Sabía que todo aquello sólo podía tener un final.

Apagó el cigarrillo, giró sobre sí mismo ciento ochenta grados y empezó a andar torpemente. Era como si alguien hubiera boicoteado la conexión entre los pies y su cerebro, como si caminase por un alambre invisible.

 

 

Supervivientes

Sonia juega con su pulsera de cuentas mientras repasa la organización del centro: la sesión de logopedia para Abdou, la fisioterapia para Soukeyna… Los supervivientes. Dobles, triples supervivientes. Las limitaciones físicas, el dolor, el estigma, el abandono. Ahora también la barbarie. Los gritos, los disparos de un kalashnikov, los llantos de los internos. Han pasado ya tres semanas y no se libra de ese olor metálico de la sangre, que le golpeó la pituitaria nada más abandonar su escondite. Sí, se escondió mientras pasaban a cuchillo a sus compañeros, mientras tiroteaban a los internos, mientras cometían verdaderas atrocidades con las internas. No tiene tiempo ni para sentirse culpable. Hay que volver a empezar. Otra vez.

Cuando alguien mira hacia dentro y se pierde, quizá toca echar un vistazo fuera. Cuando el ser humano cree que no tiene salida, sólo ayudando a los demás siente que se puede salvar. No es por ellos: es por ella. O quizá por todos.

El lobo

El lobo vagaba por una estepa polvorienta. Aunque ya conocía cómo eran las estepas, la soledad de ese día era diferente a la de otros días. Desde que pasó aquello, los días se parecían irremediablemente los unos a los otros. Las horas resbalaban espesamente y embadurnaban con su pringoso tedio a los afortunados –o desafortunados, ya no lo tenía muy claro- por seguir en pie. Tenía que dar una mala noticia a sus congéneres: no sabía cómo hacerlo pero debía hacerlo. Solían alimentarse de otras especies: la mayoría, seres humanos perdidos, desorientados, desnortados, inconscientes. Ahora las camadas estaban famélicas y los líderes de la manada, desesperados. Para un depredador, cavilaba el lobo, no tener enemigo es peor que no tener amigos.

Marta

Marta es escritora. O cree que lo es. Para Marta, escribir tiene algo de rasgarse. O de limarse. O de rayarse. Mudar la piel. Intentar quitar lo que nos sobra. Descargar. Intenta escribir historias felices, pero no le salen. A ella lo que de verdad se le da bien es el drama, la desesperación, la melancolía. Cuando (se) le ocurren historias felices, trata de hacerlas realidad, de vivirlas al máximo. A Marta, la inspiración no le llega sin dolor. No es especialmente original porque muchos escritores (los de verdad) no habrían conseguido sus mejores obras sin sufrir. Un caballo que, sin espuela, no habría hecho su mejor carrera. Ahora dice que su reto es encontrar una espuela invisible: quizá no corra igual, pero el recorrido estará más controlado. Marta quiere prescindir del desgarro y contemplar su piel con serenidad. Poder hablar consigo misma mientras se fuma un puro habano y una copa de brandy.

Fuego

Las quemaduras más profundas no duelen. Más bien al contrario: según escuché hace unos días a un médico en la televisión, provocan una sensación anestésica. Explicaba el dermatólogo que ante una quemadura grave se destruyen las terminaciones nerviosas y el paciente no siente nada. Es por eso que cuando el fuego nos alcanza de lleno nos sumimos en un estado de letargo, puede que incluso peor que el dolor desgarrado. También oí a otro experto -esta vez un psiquiatra- decir en la radio que ahora nadie tolera el sufrimiento. Las quemaduras leves se ocultan y no dejamos que curen. Y terminan por convertirse en marcas hondas de las que somos incapaces de desprendernos. Dejamos que tornen en un dolor sordo, impregnado a la piel como el hollín. Por miedo al rechazo. Por miedo a quedarnos atrás en esta carrera hacia ninguna parte en la que se ha convertido (o quizá siempre fue) la vida. Vivimos en una sociedad hedonista en la que sentirse bien no es lo importante: lo fundamental es que parezca que te sientes bien para no herir sensibilidades. Tiene gracia, ¿no?

PEDRO – La verdad es que esto de no hacer nada… tan sólo esperar… no es muy agradable.

ADOLFO – No; no es muy agradable. Sobre todo sabiendo lo que nos espera… si no hay alguien que lo remedie.

PEDRO – ¿Qué quieres decir?

ADOLFO – Nada.

PEDRO – Bueno. Yo creo que lo mejor es no amargarse la vida con los que nos espera o no nos espera. Porque no se sabe nada de lo que va a pasar.

Sastre, Alfonso: Escuadra hacia la muerte