Nostalgia

A veces sentimos la ausencia del pasado como si fuera un amigo. Se echa de menos lo vivido, pero también lo que uno esperaba del futuro. Entonces uno llega al futuro y mira hacia atrás, y piensa que quizá no había nada que esperar: todo lo tenía entonces. O posiblemente tampoco. Porque la nostalgia es mentirosa y siempre va acompañada del paso reparador del tiempo. Y aunque al principio es un bálsamo, recordar con complacencia el pasado no deja buen sabor de boca, porque nada puede competir con nuestras ensoñaciones. La nostalgia es como el masaje que termina con un crujido de espalda, como un juego de manos que acaba con puñetazo en la boca del estómago. Ni el pasado ni el futuro tienen la respuesta, porque no hay respuesta. Lo más parecido a una respuesta es el presente. Y no deja de ser un interrogante diario, al que sólo podemos contestar de una manera: intentando crear felicidad a nuestro alrededor.

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Verano

La pereza veraniega es una parte más de las vacaciones estivales, como lo son las cerezas o el gazpacho. Ese estado de sopor nos ayuda a desconectar de nuestras obligaciones, a olvidarnos por unos días de nuestra posición en el mundo, a ignorar lo que los demás esperan de nosotros. Permite que la vida pase ante nuestros ojos sin fijarse en la retina: se convierte en una ligera melodía que acaricia nuestros oídos sin grandes sobresaltos. Muchos no cambian de rutina, sino que ésta se transforma en una fina lámina perfectamente dúctil, por la que nos deslizamos hasta caer, como las hojas, en el otoño. El verano huele a sandía y, muchas veces, suena a ronquidos, porque sí, la pereza veraniega aumenta considerablemente las horas de sueño. Es una reivindicación controlada de nosotros mismos que, a veces, nos devuelve una imagen en el espejo que no queremos ver. Porque el mayor riesgo del silencio es no tener más remedio que escucharse a uno mismo: por algo después de agosto se disparan los divorcios y separaciones.

Tabaco

Encendió el cigarrillo frente al espejo, le dio una calada y se quedó mirándolo unos segundos. Imaginó las partículas de piridina, actuando sobre su sistema nervioso para dejarle indefenso frente a aquel cilindro de papel.

Volvió a aspirar un poco de humo y pensó en la nicotina, viajando hasta su cerebro para ordenarle que siguiera fumando.

Puso de nuevo el pitillo entre sus labios y, con un breve cierre de párpados, evocó unas gotas de alquitrán, impregnando silenciosamente sus pulmones.

Lo mismo hizo con los átomos de monóxido de carbono, ahogando su hemoglobina, o con los de nitrosamina, infiltrándose y enquistándose en sus tejidos.

Sabía que todo aquello sólo podía tener un final.

Apagó el cigarrillo, giró sobre sí mismo ciento ochenta grados y empezó a andar torpemente. Era como si alguien hubiera boicoteado la conexión entre los pies y su cerebro, como si caminase por un alambre invisible.

 

 

Supervivientes

Sonia juega con su pulsera de cuentas mientras repasa la organización del centro: la sesión de logopedia para Abdou, la fisioterapia para Soukeyna… Los supervivientes. Dobles, triples supervivientes. Las limitaciones físicas, el dolor, el estigma, el abandono. Ahora también la barbarie. Los gritos, los disparos de un kalashnikov, los llantos de los internos. Han pasado ya tres semanas y no se libra de ese olor metálico de la sangre, que le golpeó la pituitaria nada más abandonar su escondite. Sí, se escondió mientras pasaban a cuchillo a sus compañeros, mientras tiroteaban a los internos, mientras cometían verdaderas atrocidades con las internas. No tiene tiempo ni para sentirse culpable. Hay que volver a empezar. Otra vez.

Cuando alguien mira hacia dentro y se pierde, quizá toca echar un vistazo fuera. Cuando el ser humano cree que no tiene salida, sólo ayudando a los demás siente que se puede salvar. No es por ellos: es por ella. O quizá por todos.

El lobo

El lobo vagaba por una estepa polvorienta. Aunque ya conocía cómo eran las estepas, la soledad de ese día era diferente a la de otros días. Desde que pasó aquello, los días se parecían irremediablemente los unos a los otros. Las horas resbalaban espesamente y embadurnaban con su pringoso tedio a los afortunados –o desafortunados, ya no lo tenía muy claro- por seguir en pie. Tenía que dar una mala noticia a sus congéneres: no sabía cómo hacerlo pero debía hacerlo. Solían alimentarse de otras especies: la mayoría, seres humanos perdidos, desorientados, desnortados, inconscientes. Ahora las camadas estaban famélicas y los líderes de la manada, desesperados. Para un depredador, cavilaba el lobo, no tener enemigo es peor que no tener amigos.

Marta

Marta es escritora. O cree que lo es. Para Marta, escribir tiene algo de rasgarse. O de limarse. O de rayarse. Mudar la piel. Intentar quitar lo que nos sobra. Descargar. Intenta escribir historias felices, pero no le salen. A ella lo que de verdad se le da bien es el drama, la desesperación, la melancolía. Cuando (se) le ocurren historias felices, trata de hacerlas realidad, de vivirlas al máximo. A Marta, la inspiración no le llega sin dolor. No es especialmente original porque muchos escritores (los de verdad) no habrían conseguido sus mejores obras sin sufrir. Un caballo que, sin espuela, no habría hecho su mejor carrera. Ahora dice que su reto es encontrar una espuela invisible: quizá no corra igual, pero el recorrido estará más controlado. Marta quiere prescindir del desgarro y contemplar su piel con serenidad. Poder hablar consigo misma mientras se fuma un puro habano y una copa de brandy.